Una bebida,
eso cree la gente.
Una bebida más,
que viene de un lugar lejano,
algún país que queda muy al
sur.
Un jugo que al beber,
me alimenta de su tierra.
Directamente de mis hermanas,
el licor de la amistad.
La yerba,
elixir de la Argentina.
Un té para el resto.
¿Un té? Para nada,
che, no ofendan.
El mate,
simple en la distancia,
complejo en su composición.
Ilex
paraguariensis.
Té de los jesuitas.
Yerba del Paraguay,
hasta Uruguay
y el sur de Brasil.
Del rio Paraná
a Rio Grande.
Hojas del mate,
todas diferentes,
mil emociones,
sensaciones.
“Viejo mate,
el orgullo has de ser
de abuelita que te cree un primor.
Porque guardas secretos sin fin,
tu bombilla es flor ideal
donde liban abejas de amor”.
Suena a conversación,
suena un tango.
Huele a patria
y mira al sur.
Joya color plata.
Está hecho de vida,
de amigos,
de padres,
hijos,
hermanos.
De gente,
de amor.
Preparado con la magia
de la pasión argenta.
Para trabajar duro,
para esos domingos vagos.
Para llorar, y reír.
Sin motivo ninguno.
Porque sí, y,
¿por qué no?
Un toque en la puerta,
“¿unos mates?”
Para el rico, y el pobre.
En todas las casas,
“poné la pava al fuego”.
Para el niño, y el abuelo.
El mate, la sobremesa,
para el tiempo.
Una hermosa figura,
las curvas de una mujer.
De cuero su piel,
su alma auténtica.
De calabacita,
y de madera también.
Para todos los gustos.
Tereré, si querés.
Un rito de iniciación,
un recibimiento calentito.
Una sabrosa bienvenida,
el legado del tarefero.
Su regalo, la tierra
en sudor empapada.
La noble tarea del cebador,
que siga la ronda.
Buenísimo para la salud,
sin duda, pero,
aún mejor para el corazón.
Para el tiempo,
detiene esta gastada, fatigante,
ajetreada y afanada vida.
Tocan la puerta,
“Che, ¿cómo andás?”
“Bien, ¿y vos? ¿unos mates?”
“Dale.”
-Irene Soto (la gashega colorada)